Triste y Tropical #54
Argentinísima satelital.
Ya lo puedo ver. Editores afanosos adecuan las crines de sus falanges para enarbolar la marquesina titular. Se amuchan las frases grandilocuentes con hambre de calendario, hay que agrupar el año con sentencia jubilosa y uniforme: ¡el 2025 fue el año del folclore! Sí, ¡los jóvenes ya no dicen coger sino hacer el amor en sus canciones! Cambiaron la pussy por el corazón (estaban distraídos cuando cierto académico aseguró que no son excluyentes si “Esa concha va a consolarme en este mundo gris”). Dejaron de subir historias con porro y son invitados a programas donde toman mate y hablan de salud mental. En los escenarios no paran de verse guitarras, ¡HEMOS VENCIDO AL AUTOTUNE! ¡VUELVE LA MÚSICA DE VERDAD!
Fin de la parodia.
Hay tres Camilos haciendo música en este momento. Uno usa su nombre completo, busca transmitir calidez desde su lino de cheto en año nuevo y bigotes surrealistas, pero lo único que despierta es un paralelo entre sus canciones y las frases de almohadón de playroom. El otro lo tiene oculto tras su aka, es el rapero trelewense Choosey. El tercero apenas se sacó la primera sílaba y no me quepa duda de que será más masivo que ambos juntos. Muchísimo mérito propio pero también: bastante por la implicancias del presente. Desde la cosecha por el último disco (La Vida Era Más Corta) y la dirección de los elogios, me suena: este pibe sí es cultura, es distinto a todo, entre tantos que se quieren hacer los gángsters y hablar de putas, aparece un otro. Es como si Milo J viniese en el momento exacto de su último aliento (el de la gente), ante la resignación por no querer interactuar con el ahora. Milo no se hace responsable (tampoco debería) de ese papel, porque como le dijo a Richard Villegas para Remezcla, “No soy promesa del hip-hop porque nunca le prometí nada a nadie”.
Me acuerdo cuando Anfibia publicó una nota sobre L -Gante con una imagen donde se abre paso montado a caballo. A Milo no le hizo falta saltar la tranquera, su disforia vital acondiciona toda la escenografía.
En su versión “en español” (el franquiciado que publica para España, Colombia y México) Rolling Stone usa el mote especulativo que el chico de Morón rechaza, aunque como descuido de sastre charlatán: “ya no cabe en la etiqueta de promesa”, dice la primera oración de la entrevista de Martín Toro. Luego de su nombre, la revista declama: “Lejos de lo efímero, cerca de lo eterno”. Ni Sergio Leone. Allí mismo Milo amplía que “el disco le dio la sensación de que no hay nada por hacer”. Siente que tocó techo tres meses antes de subirse a su primer Vélez. A días de cumplir 19 años. ¿Es el imperativo de la superación constante un huésped que irrumpe cada vez más temprano? Las lágrimas de Duki en el Bernabéu se sienten lejísimas. Me incomoda que a Milo se le festeje la madurez. Me incomoda porque no puedo dejar de percibir que saltó de la niñez a ser un veterano sin arrugas. Que esa “etapa” que muchos se alivian de haber pasado por alto (de más está decir que hablo desde lo que su figura pública alcanza a revelar) en realidad se traduce en una jubilación de experiencias, que eso que llaman sabiduría, lo encuentro censura de impulsos. Y ante todo eso, me pregunto ¿Cuál es la relación que tiene con el error? ¿Cómo le afecta la decepción quien avanza por un sendero perpetrado por la gloria?
La pasteurización (una vez más: involuntaria al protagonista) de su personaje para la sesión de fotos aparece tímida: en el dije de la corbata de bolo, esa cuerda llevada por los gauchos se opaca, porque donde podría haber un caballo o una guardapampa, el estilista prefirió la calavera de vaca, del oeste de Arizona, de un longhorn de Texas que difícilmente haya rumiado cerca de la Holando argentino. Este mismo atuendo es el que va a usar en el primer tema del disco, “Bajo de la Piel.”
Entre la primera y la segunda tapa de Rolling Stone hay un año y medio, lapso que para una persona adolescente es una vida. En la primera, en su nota con Gaby Plaza, Camilo regala una sonrisa mordida de dientes destroquelados, en un gran primer plano una vena surca su cara desde la frente hasta el cuello. En la de 2025 hay un corte de pelo ligeramente distinto, una campera marrón que parece haberle prestado un padre para salir, ecos UCRistas se pulverizan ante los rasgos dorados de la chaqueta. Como si el ascetismo campero quisiera entrar en conflicto con los seductores lujos de la modernidad. Esta vez, en el cover, no hay un encuentro directo con la cámara, Milo mira de reojo hacia su derecha en un gesto que toma la misma dirección de una adultez aún confusa. Una frescura jovial incapaz de garantizar réplica, cada risa es la última porque aún franquea un momento de transición permanente: las muecas idénticas del adolescente duran una sola vez. Una mueca traviesa que muere en la primera toma. El visaje está ahí, entre la mesura y el accesorio que aparece: los grillz, un capricho para aligerar su skin de payador postcapitalista.
“La voz de una generación” y “joven promesa” deben ser las frases más usadas en el periodismo musical reciente. Le siguen de cerca “ascenso vertiginoso” y “rompe el molde”. Hay una necesidad de la gente (mayor) de sentir “lo real”, quisiera preguntarles qué consideran realidad en este mundo y cuáles son sus argumentos para creer que las máquinas no alteran la sensibilidad. Sería poco serio que se hable de este como un momento donde “el folclore está de moda”. Sería hasta ofensivo para artistas como Alkoy, que explica por qué tuvo claro desde el primer momento de composición de su demencial disco debut no “falsear el folk”.
El cantante tiene una TERCERA TAPA en RS con el humorista y conductor Mex Urtizberea (me ahorraré hablar de ¡FAlklore!). Carátula que puede contribuir a la confusión de lo que explico en el párrafo anterior, pero si se empuja apenas el paréntesis espectacular, la voluntad aparece: como el “Ritual Criollo” del guitarrista Juan Falú que hizo en Los Galgos durante buena parte del 2024 y siguió este 2025, y sí, voy a citar EL TEATRO: en Un tiempo parecido a este Valentín Caringella baila malambo mientras comparte historias a una vaca y lee poemas de Mariano Blatt. La Ferni, artista trans que consiguió cambiar las reglas de Cosquín (no aceptaban que se presente en la categoría masculina y, gracias a su insistencia, debieron unificar tal clasificación en el rubro para solista vocal) hoy te arranca la quietud del alma con su canto en la adaptación de la novela El romance de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara.
Sigo. Al celebrado Anónimo de Juana Aguirre no hace falta exprimirlo mucho, los ejemplos se encuentran sin esfuerzo: la bruja gótica Wen con su Fruto, LvRod con Dulce y Roto. Atravesando el mapa: la ANDARIEGA Briela Ojeda desde Colombia o la chilena Javiera Electra con su Helíade. Esto no es avivada comercial en absoluto: es el aumento de la atención que es posible poner cuando también en el centro de los reflectores hay intenciones de otros recipientes artísticos. Y se viene el de Juana, a secas.
Alguien en Twitter dijo “Milo tiene que conocer a los Thuthanaka” y me entusiasma mucho ese encuentro creativo, pero mi futurología de mercado lo visualiza más cerca de Residente que de lxs brillantes hermanxs Chuquimamani-Condori y Joshua Chuquimia Crampton. Una lástima.
No puedo evitar sentir una exigencia cíclica de la cultura, con una hostilidad ciertamente domesticada. Tal vez a la fricción que encontró el trap frente al rock, en unos años (¿meses?) se revierta con el rap nyc en Argentina y su correligionario sonoro, de las cuerdas y el mate de calabaza. Lo cual no quiere decir que en el medio la mano industrial no haga su juego, para hacer de cada propuesta un formato instantáneamente estanco: al Trueno Sinfónico se le pegó el de Nicki Nicole: la rosarina se presenta el 7 de octubre en el Monumento a la Bandera con un show dirigido por Nico Sorín.
Hay un hambre desaforado por la idolatría e ídolos que llegan tan rápido a ese lugar que no saben con quiénes interactúan o de qué manera hacerlo. Incluso, esa devoción puede no implicar a un individuo, el consumo traspasa la humanidad. Alguien tiene la idea de comercializar una marca de alfajores con los colores rastafaris y a los meses se venden hasta medias con el logo. Todo es cuestión de tiempos, de acortar distancias, multiplicar intensidades. De descular la veta explotable. Cuando leo comentarios sobre Milo J, todos refieren a lo “buen chico” que es, o lo “verdadero artista”, casi nada habla de lo que les parece su música. Ya dije que esto era cíclico: Milo, en este sentido, viene a suplantar el lugar del molinete progresista que dejó Wos. Mientras Valentín cabía en el parámetro de “todo lo que está bien”, el bonaerense debe seguir avanzando en una cinta donde ya le adosaron ser la reencarnación de Atahualpa Yupanqui. Milo es más pillo, de todos modos, chupa la bombilla así esté delante de Pergolini o el Cuchi Leguizamón (igual si se llega a apersonar el Cuchi, por las dudas cambiá de yerba, nene).
Siempre me hace gracia (en la nómina cancionera) el uso de la palabra como único recurso más que el concreto, porque en general se fuerza la inclusión (“Trap”, el tema de Maluma y Shakira) o se desmarca para dar la sensación de nuevos principios, el punzante “No hago trap” parte de 166 de Milo J, canción que abre con una declaración elogiosa de Duki, el que empezó no vendiendo, alardeó sobre su regreso en el estilo después de dos discos de reggaeton y hoy lo más trap que le queda posiblemente es ser el protagonista de un documental dirigido por el mismo que filmó true crime argentino (Carmel y El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas).
María Becerra estuvo en el desfile de Carolina Herrera en Madrid. “Grasa”, “ordinaria”, la epigrafean con los dos adjetivos favoritos que hoy parecen adjudicarse a todo lo que rompa el tejido de la apatía estética, a menos que se trate de una discrepancia en la cantidad de chips de chocolate haya en su crumble cookie. La objeción que más se repite es la de los tatuajes, como atropello al “buen gusto”. No me interesa el mundo de la moda en general, las pasarelas o eventos por el estilo, pero pienso en que esto tiene algunos otros argumentos. Entre esa pregnancia de un sonido global (pop edulcorado, resultado de una combinación químicamente prefabricada y no de una fantasía de enchastre) que asciende en la música contemporánea con intenciones decididas por la fuerza de las plataformas, a veces la autenticidad se escapa por otros escondrijos que no tiene necesariamente que ver con lo musical. Y los tatuajes de María Becerra son el desborde de lo argentino, ese desboque expresivo, los tribales en una de sus piernas, las huellas de perro en el cuello, o la frase de Game of Thrones que se hizo con su ex y no borró ni aún cuando la cirugía que le levantó el escote consiguió hacerlo más notorio. Cuando Cazzu en sus Movistar Arena insiste con haber dejado atrás la thug life para convertirse en una “señora de bien”, enseguida enfoco hacia el escudo de River y el logo de Ñengo Flow que cohabitan en su cuerpo. El aggiornamento es una decisión, pero la argentinidad desparpajada no tanto. Y eso me encanta.
Además, en muchas popstars es frecuente que a la hora de tatuarse prioricen las posibilidades profesionales, es decir, temen que su aspecto interfiera en el trabajo. Eso las lleva a elegir diseños ínfimos, de trazo fino , fácilmente maquillables, y que, la mayoría de las veces, son referencias directas a su carrera, algo así como una vitrina de logros hecha de tinta: el nombre de su primer single importante, algún elemento de la portada o universo estético de un disco. Emilia tiene tatuado “2000’s” (una posible alusión a su disco .Mp3), Lali el casco de Disciplina, María “High” (aunque enorme, el de su primer hit, cuando la música aún era una pausa de su vida de youtuber). Hay personajes como Chano, que repiten el camino y aunque esto parezca que no conduce a ningún sitio, les recuerdo al mártir en el salar de Jujuy. Lali se pusó espuelas para “Como tú”, y luego TN y los que siguieron la trataron de cowboy. Este lo recordarán pocos pero, el industry (ta)p(ping)lant del momento, Yami Safdie, tituló a su disco del 2023 Sur. En la portada viste unos pantalones desteñidos y anchos como bombachas. Sus trenzas se extienden fuera de lo humanamente posible y escriben el nombre del álbum aludiendo al lazo vaquero.
Las calles de la Ciudad de Buenos Aires hablan más por papel que por aerosol. Gana el afiche embadurnado en pegamento ante los graffitis. La pintura es más de mural publicitario que de impronta artística, y los escraches se encuadran en una marca sin ánimos de análisis, como los No me baño. Pero la gráfica urbana arma muchas veces un collage accidental que se vuelve fascinante, y hasta arma chistes sin saberlo, como el afiche del anuncio de la participación de David Guetta en la próxima Creamfields al que le pegaron uno de clases de guitarra criolla. U otro barroco en una parada de bondi con el anuncio de Adidas al que le escribieron, como si la modelo tuviese tatuadas en sus nudillos, la palabra arepa. Alrededor conviven un abanico con volantes de putas y esos carteles que abajo simulan ser teclas de piano desde las cuales se arrancan el teléfono de contacto y en este caso, promocionan a un mecánico dental. Levanto la mirada y en una medianera se anuncia la salida de La Vida Era Más Corta. Mi tocayo tiene una polera blanca que, al fundirse con el pálido de la pared del edificio, lo dejan ver como una cabeza flotante pidiendo ayuda.
Lo autóctono es el epítome de la genuino, hacerlo por moda es como tener un hijo porque queda lindo, hacer folclore por imposición sería como una subrogación cultural. Reivindicar el origen no tiene por qué partir del estereotipo, pero ante lo vintage que supone hoy el sueño americano, la postal de buen agüero se proyecta en lo bucólico, apenas otros dos casos: “Tradición”, el nombre del último single de Broke Carrey (que es además el de su tour) o la portada de SUBIDOS AL PONY, el nuevo LP de El Nota, en un claro guiño a Toro y pampa, de Almafuerte.
Todo lo que haga Bad Bunny, le importe a él o no, será susceptible de ser tomado como un posible camino para la música en el próximo año (más si consideramos que sus discos salen a fin o a principio del mismo). Como si por estar abajo suyo (lo siento por los escépticos, pero al menos para los negocios, todos lo están) automáticamente se produjera la sospecha de estar baiteando identitariamente.
Estuve en los ensayos de una compañía teatral. Salí impresionada. Todo me pareció distinto y nuevo, en el mejor de los sentidos. Pasé unas cuatro horas observando, sin pensar en el tiempo (ni en el teléfono). No era la primera vez que los veía pero sí de esta manera. Seis personas (sin contar al técnico) producen historias sobre una habitación negra. Mientras piensan el libreto usan palabras particulares para cuestionarlo como “empastado” o “chicle”. Me digo que al ser un grupo de amigues que trabajan hace años no tienen necesidad de detenerse a explicar nada, que aún en el impredecible léxico de la creatividad, se entienden. No puedo evitar sentirme una intrusa, no digo nada pero me hacen reír. Les tengo mucho cariño.
Escucho en filas antes de entrar al teatro actores que hablan de sus experiencias en castings, están sorprendidos por los resultados finales, ¿parcialidad de competencia u honestidad profesional? Ignoro si algunas de estas personas me leen, pero debo reconocer que mi credencial vitalicia en esos ambientes (más las fotos que por el libro circulan en internet) perdí mi anonimato, no es que esté flashando fama (qué asco) pero la identificación pública ya es posible. Y como me considero una persona discreta quédense tranquilos pues traigo situaciones siempre sin contar nombres (ni de personas ni de obras o lugares). Hablan de una y dicen cosas parecidas en tres lugares diferentes: “pero mirá que es tradicional, que es teatro-teatro esto, del serio”. Pienso, pienso por mil por qué se supone que hay que advertir ante lo tradicional mientras hoy en la música es lo que está abriendo las puertas, lo que está de camino al mainstream, cuando se arranque el poncho para combatir en la arena de los blanqueamientos globalizantes mientras va minando las arenas del recinto.
¿Por qué hay que dar advertencias sobre el arte? ¿Por qué tenemos que predisponer a otro sobre su efecto, duración, tono, formato, no es acaso un atentado sobre la propia arquitectura de la intención?







El impacto de Rosalía y su "el mal querer" sigue haciendo eco en nuestros artistas jóvenes y creo que sucede en más países hispanohablantes. En mi opinion personal se siente un poco forzado mezclar sonidos autóctonos con la hegemonía musical de los últimos años gobernado por el reggaeton o los más llamados ritmos urbanos. El disco de Milo no lo escuché pero me gustó la propuesta que hizo con bizarrap. Y me parece muy particular su voz y eso me llama la atención. Excelente texto, te encontré de casualidad porque busqué Mariano Platt y me saltó esto jeje. Saludos!